No le apuntes a la nena

por | 1 Oct, 2018 | Novedades

La autora del cuento es Diana Person, parte de la Sociedad de Escritoras/es de la Argentina. El texto ganó una mención en el Concurso Literario del Consejo Profesional de Ciencias Económicas del año 2016.

 

Concurso: CPCECABA  2016

Premio: MENCION

DIANA PERSON

No le apuntes a la nena. Fue lo único que dijo. Tranquila, firme, con un tono de voz monocorde. Pero sonó como un grito, una orden violenta e inevitable hacia un chico que hace una picardía. Lo soltó como una granada en el silencio sólo interrumpido por los llantos sofocados.

Nunca decía nada en las reuniones de consorcios. Iba, observaba, votaba, se iba. Cuando se mudó con el carrito de bebé y sus bolsas con pañales, los vecinos se persignaron y renunciaron interiormente a volver a dormir. Sin embargo, la nena nunca le trajo problemas a nadie. Dormía toda la noche y crecía alegre, sin gritos, sin alaridos, sin berrinches. Si su madre tenía que hacer algún trámite, todos se desvivían por cuidar a la nena y ayudar a esa madre sola, del interior, trabajadora de clase media baja, como su estatura.

El encargado la miró sorprendido primero, escandalizado después. Sabés que nunca le haría nada a la nena, le dijo escondiendo la ofensa entre su abundante transpiración, corriendo el arma, apuntando al piso. Ya no sé que esperar de vos.

En la comisaria ningún testigo podría reconstruir la vorágine con la que se desenvolvieron los hechos. Todos coincidían en un par de puntos: Claudio, el encargado, se había vuelto loco y les había apuntado a los vecinos con un revolver en la asamblea del consorcio.

Claudio, ese tipo íntegro, joven, robusto. Claudio, el que ayuda a las abuelas con las bolsas de supermercado, el que hace los arreglos de cuerito gratis porque sabe que después lo invitan a comer de arriba. Claudio, el que te va a buscar los pibes al colegio y deja que se queden jugando abajo con sus hijas.

¿Qué le pasa por la cabeza a un tipo como él para cometer semejante arrebato, tremendo exabrupto?  El comisario Ramírez empezó a leer detenidamente las declaraciones. Antes de la una le tiene que pasar algo a su contacto en el diario. El caso del portero loco va a hacer tapa. Necesita pasar un dato jugoso y todavía no encontró nada.

Pide que le traigan el libro de asamblea y lo empieza a hojear. El dueño del tercero A reclama que le arreglen unas manchas de humedad, la inquilina del tercero D se queja porque el músico del tercero C toca la batería en el horario de la siesta, el padre de familia del noveno F propone realizar una auditoría a la administración, la abuela del séptimo A reclama una rampa para discapacitados en la entrada. El único altercado que encuentra entre el encargado y alguno de los vecinos se refiere al pedido encarecido por parte de Claudio de que lo llamen como deben “portero ELÉCTRICO, yo soy encargado”. El teléfono sigue sonando.

Vos viste lo que gana el portero, le pregunta un hombre de traje a otro en la entrada del edificio, es una locura, tienen sueldos altos, un sindicato fuerte, les dan el departamento, todo, y nosotros acá como dos boludos yendo a trabajar. Una abuela y un adolescente interrumpen la indignación que se estaba gestando. La señora sale con el bastón y sus perritos. No quieren que mamá les compre huesitos, o mondonguito, les pregunta embelesada, mamá se quedó sin comida. Mamá se quedó sin cerebro piensa el joven cuando sortea los perros intentando pisarlos y alejarse para no llegar tarde al colegio. No se olvide que hoy a la noche hay reunión Doña Ludy, dice uno de los hombres de traje mientras se aleja.

Ramírez medita, luego agarra el teléfono. Le pide a uno de los cabos que consiga el teléfono de la contadora que hizo la auditoria. Mientras se toma un café, frío, añejado de tanto estar en el escritorio.

Los vecinos asistieron religiosamente a la asamblea. Carmen, con la autoridad que le otorgaba ser la  dueña más vieja del edificio, ordenaba a los presentes, les indicaba donde sentarse, y compartía confidencias con sus más allegados. Aparentemente la auditora había realizado unos llamados de teléfono y había descubierto, cual detective contable, que el administrador había falsificado varias facturas, modificando el monto de las mismas, agregando cuantiosos ceros. Cuando se destapó el fraude, el griterío se escuchó en todo el barrio. Nelly intentaba mantener dormida a la nena. Claudio estaba visiblemente nervioso, inquieto. Propusieron echar al administrador y el encargado desapareció. Tercero B qué vota, afirmativo para la moción de despido. Tercero C, ausente. Tercero D… ¡No lo pueden echar! Todos miraron hacia el mismo lugar. Ahí estaba Claudio, de pie, enorme, con un revolver en la mano, apuntando primero al presidente de la asociación vecinal, y a todo su séquito después. Pero hombre, qué hace, qué le sucede. ¡Todos al suelo!

No compré el revólver, lo heredé. Al morir el nono, lo encontré en su mesa de luz y me lo traje. Al principio mi mujer se enojó. Pensá en las nenas Claudio, es peligroso. Después le hice entender que era por nuestra seguridad. Prendes la tele, asesinaron a un hombre para robarle el auto, mataron a un flaco a la salida de un boliche, violan a una joven mientras espera el colectivo para ir a trabajar. Es por nuestra seguridad, le afirmé, hay mucha inseguridad.

Y un día se transformó en otra cosa. Claudio había comprado los pasajes para llevar a Disney a su familia, mientras pagaba la hipoteca de un departamentito que había comprado hacía varios años y casi pierde en el 2001. Su mujer nunca cuestionó de dónde salía la plata. Era una buena mujer, que hacía pocas preguntas.

Si el administrador caía, el también. Tenía que impedir a toda costa que echaran al administrador. Tal vez se le pasó la mano. Después era tarde. Los vecinos estaban en el piso, llorando. El arma, en su mano, señalando, pidiendo encarecidamente que otra persona la tome, que ese problema que acaba de generar desaparezca.

Ramírez le manda un mensaje de texto a su informante: “portero involucrado con el administrador, fraude en las expensas”. Ya está ahora sólo tiene que focalizarse en los otros diecisiete expedientes que tiene sobre el escritorio. Seis asesinatos, cuatro robos, siete personas desaparecidas. Estas cosas en su pueblo no pasan, quién lo habrá mandado a venir a vivir a Buenos Aires.

Claudio no tiene salida. Mira las cabezas de los cuerpos asustados en el piso, acurrucados. Les pide a ese manojo de pelos respuestas que no tienen. Piensa en las nenas, qué hice. Piensa en su señora, le arruiné la vida. Piensa en el administrador, en el momento que descubrió que robaba, en sus estrategias para convencerlo, para manipularlo. No le quería regalar méritos, él se había dejado convencer, necesitaba la plata. Para qué, se preguntó, para terminar así, expuesto, adelante de todos, asustado, transpirando. Se acobardó ante la posibilidad de sacarse la vida, no tuvo el coraje. Y cuando ya no le quedaba ninguna salida, empezó a rezar, recordó las tardes en Corrientes, con su abuela en la Iglesia de Santo Tomé.

Rezó por cada uno de los presentes, para no dañarlos con su accionar. Pidió perdón por haber traicionado la confianza de toda esa gente buena e inocente. Imploró desesperadamente una salida. La puerta se abrió y entró la vecina del tercero C que llegaba tarde por la clase de bachata. Se miraron, con la llave todavía en la mano. Se midieron y él supo que esa situación insostenible por fin había llegado a su final. Todavía corría la vecina cuando el bajo el arma. No quería rehenes, no deseaba empeorar su situación. Sólo aspiraba a que todo hubiese sido un sueño. Pero no lo era.

El comisario llegó a su casa cansado. Calentó dos porciones de pizza que había comprado en el camino. En la televisión seguían hablando del encargado. Estaban haciendo una nota a un tipo de traje: viste como es, uno les da todo, les abre las puertas de su casa, y ellos muerden la mano que les da de comer, no hay con qué darle, no se puede confiar en nadie.

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